El criterio profesional también consiste en saber decir que no

Hay una frase que se ha repetido durante años en todo tipo de negocios: “el cliente siempre tiene razón”. Nunca me ha parecido especialmente útil, no porque crea que haya que llevarle la contraria por sistema, sino porque nuestro trabajo no debería consistir en ejecutar literalmente todo lo que alguien pide. Si fuera así, sobraría buena parte del criterio profesional por el que, precisamente, se contrata a una agencia.

Un cliente puede pedir que el logo sea más grande, que todo destaque más, que añadamos más botones o que hagamos una web igual que la de su competidor. Puede pedirlo, por supuesto, pero eso no significa que sea la mejor decisión para el proyecto. La parte importante empieza cuando intentamos entender por qué lo está pidiendo y qué necesidad espera resolver con esa petición.

Detrás de una petición suele haber una preocupación

Cuando alguien dice “quiero el logo más grande”, quizá no esté hablando realmente de su tamaño, sino expresando que siente que su marca no tiene suficiente presencia o que teme que los usuarios no la reconozcan.

Cuando pide que un botón destaque más, puede preocuparle que los usuarios no encuentren una acción importante. Y cuando quiere estar en una determinada red social, quizá simplemente tenga la sensación de estar quedándose atrás frente a su competencia o de que su empresa no está aprovechando una oportunidad.

La petición puede no ser la solución correcta, pero la preocupación que la provoca suele ser legítima. Por eso, una de nuestras tareas consiste en entender qué está intentando resolver el cliente, no solo qué está pidiendo. Si nos quedamos en la petición literal, corremos el riesgo de discutir sobre una solución concreta sin haber entendido el problema que hay detrás.

Nuestro trabajo no consiste únicamente en ejecutar

Cuando una empresa contrata a una agencia, no debería estar comprando solamente manos que ejecuten instrucciones, sino también experiencia, criterio y capacidad para tomar decisiones con cierta perspectiva.

Eso significa que a veces tenemos que decir que una idea puede mejorarse, que algo no va a funcionar como espera o que existe una forma más eficaz de conseguir el mismo objetivo. No siempre es cómodo hacerlo, especialmente cuando el cliente llega con una decisión muy clara, pero aceptar todas sus propuestas sin cuestionarlas tampoco sería una forma responsable de trabajar.

No se trata de imponer nuestro criterio porque somos “los expertos”, sino de explicar por qué proponemos una solución distinta y demostrar que responde mejor a las necesidades del proyecto. La diferencia está en que no defendemos una preferencia personal, sino una decisión que podemos relacionar con los objetivos, los usuarios y las limitaciones reales del trabajo.

Saber decir “no” también requiere saber explicar “por qué”

Un “eso no se puede hacer” o un “eso va a quedar mal” rara vez ayuda. Si queremos que un cliente confíe en nuestro criterio, tenemos que relacionar nuestras decisiones con los objetivos que compartimos y explicar las consecuencias que puede tener cada alternativa.

¿Por qué no conviene añadir más elementos? Porque estamos perdiendo jerarquía, haciendo más difícil encontrar lo importante y obligando al usuario a procesar demasiada información antes de entender qué debería hacer.

¿Por qué no recomendamos abrir otro canal social? Porque quizá no haya recursos suficientes para mantenerlo bien y porque repartir el esfuerzo entre demasiadas plataformas puede hacer que ninguna se trabaje con la constancia necesaria.

Cuando explicamos las decisiones desde el objetivo y no desde una preferencia personal, la conversación cambia. Ya no estamos diciendo “esto me gusta más”, sino “creo que esta solución nos acerca mejor a lo que queremos conseguir y reduce los problemas que estamos intentando evitar”.

También hay que saber cuándo ceder

Tener experiencia no nos convierte automáticamente en dueños de la verdad. A veces el cliente conoce aspectos de su negocio, de sus clientes o de su sector que nosotros todavía no hemos entendido, y esa información puede cambiar por completo la forma en la que debemos valorar una propuesta.

También puede ocurrir que estemos ante una cuestión subjetiva en la que existan varias soluciones válidas. Y, por supuesto, también podemos equivocarnos. Escuchar de verdad significa estar dispuestos a modificar nuestra propuesta cuando aparece información nueva, en lugar de defenderla únicamente porque es nuestra.

La relación funciona mucho mejor cuando dejamos de plantearla como una lucha entre “el cliente quiere esto” y “el diseñador quiere aquello”. Al final, ambos deberíamos estar intentando resolver el mismo problema, aunque cada uno lo observe desde una posición diferente y aporte conocimientos distintos.

El cliente no siempre tiene razón

Pero tampoco necesita tenerla. Para eso está trabajando con profesionales que pueden ayudarle a tomar mejores decisiones y a detectar problemas que quizá no sean evidentes desde dentro de la empresa.

Nuestro trabajo no consiste en demostrarle que está equivocado, sino en entender qué está intentando conseguir, aportar nuestra experiencia y encontrar juntos una solución mejor. A veces esa solución coincidirá con lo que había pedido inicialmente y otras veces será necesario plantear una alternativa, pero la conversación debería centrarse siempre en el objetivo y no en quién consigue imponer su propuesta.

Porque muchas veces, detrás de una petición que parece no tener sentido, hay una necesidad perfectamente razonable que simplemente se ha expresado de otra manera. Entender esa diferencia nos permite responder con criterio, explicar mejor nuestras decisiones y construir una relación profesional basada en algo más sólido que la simple aprobación de cada propuesta.

El cliente no siempre tiene razón. Pero casi siempre tiene una razón. Y entenderla suele ser el mejor lugar para empezar.


Sobre la autora: Lorena Cañamero es CEO y Directora Creativa de Green Hat Workers
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